La pagina web oficial de Guinea Ecuatorial ha anunciado que Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, en el poder desde 1979, habría sido «nominado» al Premio Nobel de la Paz 2025. Un anuncio impactante, primero porque el proceso del Nobel es estrictamente confidencial y ninguna nominación se hace pública por el comité antes de cincuenta años. Pero sobre todo porque ilustra el cinismo de un régimen que intenta transformar una de las dictaduras más sangrientas de África en una supuesta vitrina de paz.

La verdad, sin embargo, es implacable. Obiang no fue un espectador, sino el brazo ejecutor del terror instaurado por Macías Nguema. Fue bajo su autoridad militar que se perpetraron las masacres que diezmaron a la clase intelectual ecuatoguineana, provocaron decenas de miles de exilios y redujeron al país a una prisión a cielo abierto.

Mi padre, Raimundo Ela Nve, un ingeniero de renombre, había elegido defender la vida en ese contexto de muerte. Su integridad y su compromiso lo convertion en un objetivo de un sistema que quería aniquilar toda conciencia libre. Su historia, lejos de ser olvidada, fue documentada por el periodista de investigación de la BBC Paul Kenyon, quien supo rendir homenaje a su papel y mostrar cómo su valentía ilustra la lucha de una generación sacrificada.

A él, y a esa generación, rindo homenaje hoy. Su lucha es la que continúo.

Porque los métodos de ayer perduran. El poder se transmite ahora a los hijos, con las mismas prácticas: exclusión, amenazas, torturas, connivencia con las multinacionales. Mi propio recorrido lo demuestra. Tras haber sido neutralizado profesionalmente por Nalco/ChampionX, una empresa que operaba bajo la protección de Gabriel Obiang, tuve que huir, resistir, y hoy he iniciado un procedimiento judicial en Francia. El 12 de septiembre de 2025 en el Tribunal de lo Laboral de Bobigny (Francia) se abrirá un primer proceso que he decidido transformar en un caso de jurisprudencia internacional. Porque no se trata solamente de mi historia, sino la de todos los intelectuales ecuatoguineanos y africanos condenados al silencio por las dictaduras y la impunidad de las grandes compañías.

He aquí el contraste: un dictador que se autoproclama artífice de la paz, y una generación de víctimas que sigue buscando justicia. Por eso el movimiento que he fundado, MILIGE, hoy legalmente reconocido en Francia, se compromete por una transición política soberana, con la memoria de las víctimas y con la reconstrucción de una Guinea Ecuatorial libre.

Si el Premio Nobel de la Paz tiene un valor, no puede ser desviado como instrumento de propaganda. La verdadera paz se construye sobre la verdad, la justicia y la dignidad de los pueblos. El legado de mi padre y la lucha que estoy llevando a cabo hoy recuerdan que este camino no puede ser borrado por comunicados oficiales, por ruidosos que sean.